sábado, 11 de febrero de 2017

Todos



Victoria De los Santos
Todos somos vulnerables frente al espejo, a todos nos aterra vernos a los ojos y sentirnos vacíos por
dentro. 

¿Si tanto tenemos dentro por qué no se desborda y se hace visible? 

¿Acaso solo somos unos ciegos todos, por no poder descubrir lo que hay dentro de nuestra propia mirada? 

Sospecho que detrás de nuestra mirada nos encontraríamos y con eso me refiero a descubrir nuestro espíritu, nuestra alma, nuestra verdad, o como quieran llamarlo, de igual manera no está en nuestros ojos, está en otro sitio cerca o lejos eso no lo sé. Pero lo que creo es que se encuentra en otros ojos, en otra mirada, esperando ser descubiertos por nosotros mismos. Encontrarnos en otros ojos esa es la clave, y tal vez por eso es que asusta tanto mirar a los ojos y buscar más que una mirada. 

Y es que no somos capaces de encontrar la suficiente belleza, orgullo personal en nosotros mismos. Solo somos capaces de vernos en otros ojos. Será tal vez por eso que buscamos enamorarnos con desesperación de alguien que nos muestra a través de su mirada , nuestro frágil y deslumbrado espíritu. Buscamos que ese alguien nos ayude a encontrarnos y creo tener una fuerte apuesta hacia ello. Por ello no son ajenos los ojos de quien nos enamoramos, porque son ellos la clave de encontrarnos a nosotros mismos. Son incluso nuestro único y directo enlace entre nuestra mente y nuestra alma.

sábado, 7 de mayo de 2016

Amelia




Victoria De los Santos
Por las calles de mi barrio camina una chica sin zapatos.
Por las noches se la ve, tratando de olvidarse de su vida.  
Mentía una y otra vez, con que estaba bien, y que todo cambiaría.
Siempre estaba en su melancolía, y eso a nadie le interesaba. ¡Podía estar muriendo!, que nadie a ella se acercaba. 
Más que sus lágrimas eran sus muñecas lo que importaba.
A nadie le importaba, pero su  peso en picada bajaba,
como las hojas de un árbol su cuerpo se marchitaba.
Vaya ilusos los que la ignoraban.
Con cada palabra ella más avanzaba, y su cuerpo tapaba.
No sé cuánto tiempo paso, un año o dos, pero ella allí siguió,
y no había quien la sujetara de sus brazos y la levantara. 
Pero ella un día escapó de los brazos de aquellos que no la veían.
Ella tan invisible, nadie se percató que de su cama salió y nunca regreso.
Para mi suerte un ángel cayó, era esa chica que nadie nunca amo.
Con  una mirada perdida y unos ojos que me decían:
¿cuándo esto terminaría? ¿Cuándo sería el día que esto se acabaría?
Decía que de su vida nadie la salvaría.
Que para qué gritar si nadie la quería escuchar.
Y en cada noche soñaba con quitarse la vida y a nadie le importaría.
Pero ella no sabe que yo sueño con rescatarla un día,
y cuánto me gustaría poder conocer su risa.
Que las almas buenas siempre van llenas de pena.
Y no hay risa que valga cuando a  un corazón lo dañan,  y
no hay dulce amanecer para a quienes no los saben querer.







Muy cerca






Graciela Muniz
Hacía tres meses que estaba investigando el crimen de Pedro Diamonte, lo habían encontrado muerto a dos cuadras de su trabajo, posiblemente luego de que saliera de este. El caso me lo asignaron. Puedo decir que lo consideré como un caso personal, ya que, dos días antes de su asesinato el hombre me había ayudado con un trámite bastante especial que fui a realizar al banco donde él trabajaba.

            El día que fui a realizar la apertura de una cuenta, estaba bastante alterada, había discutido con mi marido porque él pensaba que lo estaba engañando con otro. Ya hacía varias semanas que estaba con esa persecución y me juró que no se quedaría tranquilo hasta que no descubriera con quién estaba.

            La semana pasada cumplimos dos años de casados, y siempre fue muy celoso, creo que mi trabajo no favorece mucho a la relación, la mayoría de mis compañeros son hombres.

            Recuerdo que fui al banco un martes, cerca de la hora del cierre de la oficina, me atendió Pedro, un funcionario muy atento y preocupado por su trabajo, lo cual es difícil encontrar cuando uno va a realizar un trámite. Enseguida notó que estaba un tanto nerviosa, angustiada y me preguntó si podía ayudarme en algo, le respondí que no se preocupara que estaba bien. Al finalizar la apertura de la cuenta me senté en la plaza que estaba en frente al local para tranquilizarme un poco. Estuve ahí aproximadamente unos diez minutos cuando de repente alguien me toca suavemente la espalda, era el funcionario del banco que me había notado mal, me invitó a tomar un café.  

            Días posteriores a ese encuentro, me asignaron el caso de un crimen al parecer de carácter pasional, la víctima era un hombre de cuarenta y cinco años, alto, morocho, delgado, empleado del banco cercano a donde lo encontraron muerto; su nombre era Pedro Diamonte.

            El asesino no dejó ninguna pista, el hombre fue encontrado con un balazo en el medio de la frente, no había rastros del autor del crimen.


            Con motivo de la celebración de nuestros dos años de casados íbamos a salir a comer a fuera, al lugar donde Ricardo me pidió matrimonio. Él se entró a bañar y yo me dediqué a prepararle la ropa, al abrir el cajón de su ropa interior encontré un buzo ensangrentado. Esa noche la pasamos bien y creo haberle dejado en claro que nunca lo había engañado.

            Al otro día me dirigí a mi oficina para ver si se podía saber si esa sangre era de él o era de otra persona, por algún motivo o corazonada pedí que por favor compararan esa sangre con la de Pedro Diamonte, el resultado estaría lo más pronto posible. Me llamarón por teléfono y me pidieron que volviera para conocer el resultado, me entregaron un sobre, al abrirlo hice una pausa, los próximos diez minutos fueron de silencio.